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Los ejércitos de trolls y bots crecen en número, pero menguan en importancia política

Que las redes sociales son uno de los campos de batalla de la política no es ninguna novedad. Gobiernos y partidos se debaten entre lanzar ejércitos a las redes y querer controlar su uso o, directamente, prohibirlas. Como si fueran las calles de finales del siglo XIX y principios del XX, los políticos batallan por inundarlas de carteles, aunque encuestas y resultados electorales parecen mostrar que imponer el discurso de las redes no siempre significa triunfar en las urnas.

Uno de los cambios principales es la actividad política en las redes. Más allá de una mera herramienta de transmisión de un mensaje, como podía suceder con los medios de comunicación tradicionales, las redes sirven para pulsar y para crear estados de ánimo, tendencias, fijar agendas e incluso influir en los contenidos de periódicos, radios y el objetivo más goloso de la comunicación política: las televisiones. El habitual el juego sucio por tomar el control de las redes e imponer un discurso sobre el de los rivales, ya sea mediante ejércitos de robots o a través de personal a sueldo entrenado para “reventar” los discursos digitales del rival.

Los molestos bots y los indeseables troles.

Los robots o “bots” de las redes sociales son perfiles, supuestamente pertenecientes a una persona, controlados por un software especial, que permite que miles de ellos difundan a la vez el mismo mensaje, utilicen el mismo “hashtag”, retuiteen a la vez e, incluso, que respondan a determinadas palabras o frases. Los “bots” suelen ser fáciles de reconocer, dado que tienen comportamientos muy pautados, que hasta puede ser rastreado por software especial. En política, éstos son usados para lograr alcanzar un “trending topic”, inflar artificialmente conversaciones o temas o desbaratar las conversaciones en redes de los adversarios. El uso de “bots” está muy mal visto por la comunidad de usuarios y más en el ámbito político, por lo que las redes de robots y sus responsables suelen ser detectadas con rapidez y denunciadas públicamente. Hay páginas, como “Bots de Twitter” dedicadas en exclusiva a descubrir y denunciar el uso de estas redes por parte de los partidos políticos.

Los trolls o troles, no sólo son unos indeseables personajes de la mitología nórdica, sino también aquellas personas dedicadas a interrumpir, desviar o tergiversar las conversaciones en las redes. “Trolear” no es sólo un acto de gamberrismo, sino también un arte, con técnicas y variantes propias. Los troles políticos se sirven habitualmente de perfiles falsos o anónimos, desde donde ejercen sus lamentables actividades. En el ámbito político suelen ser insultos y acoso coordinados a personas con opiniones diferentes, infiltración en los foros de los rivales, desinformación y, en general “reventar” los espacios de conversación política en las redes, desincentivando la conversación y alterando la convivencia.

Un ejemplo de “ejércitos” de troles al servicio de la política son el grupo al servicio del gobierno ruso conocido como “La Agencia”, donde no sólo se encargan de cantar las alabanzas al presidente Putin y de acosar a los opositores, sino que también “trolean” a las fuerzas y cuerpos de seguridad y emergencias de EEUU, lanzando falsas alarmas sobre catástrofes inexistentes. En China hay ejércitos de ciberactivistas que se dedican precisamente a lo contrario: a sepultar las protestas contra el gobierno bajo toneladas de razonables llamamientos a la calma o desviando directamente las conversaciones.

¿Sirve esto para algo?

La utilidad de la guerra sucia en las redes no está clara. Mientras que a los regímenes con carencias democráticas parece serles útil, en las democracias se cuestiona mucho su utilidad. Uno de los efectos de pretender tomar por asalto las redes es que se produzca la llamada “espiral del silencio”; que el alboroto acalle las conversaciones normales y que la gente se guarde sus opiniones, pero no sus votos.

Que los partidos españoles usan técnicas de “guerra sucia” en las redes quedó también en evidencia con la llamada “Trama Púnica”, donde empresas e instituciones controladas por el PP contrataban a una empresa especializada en este tipo de técnicas. También se cuestionó si el grupo de Telegram denominado “guerrilla” era parte de una estrategia de Podemos dedicada a “trolear” y acallar a los rivales políticos en la red, algo que la formación de Pablo Iglesias niega.

Según el analista y consultor David Álvarez, el uso de esas tácticas sólo sirve para crear comunidades cerradas de militantes, que no crean verdadero debate político y cuya distorsión de las auténticas conversaciones impide que Internet pueda usarse como herramienta para conocer el estado de ánimo del electorado. Y es que puede que, en lugar de usarse como mero instrumento de propaganda, cuando las redes se han usado para escuchar y conocer datos del electorado, sí que se han logrado éxitos fuera de éstas. Tal fue el caso de Barack Obama, con sus equipos utilizando técnicas de “Big Data” y con Mariano Rajoy, que copió esas técnicas durante la última campaña electoral. Otros, que arrasaron en las redes, terminaron por desinflarse en las urnas.

Fuente: http://www.bez.es/

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